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Entre guitarras y nuevos beats: la música que define Alicante

Si uno cierra los ojos al caminar por la Explanada de España, lo que percibe no es el bullicio caótico de una metrópoli convencional, sino una amalgama de sonidos orgánicos: el siseo de las palmeras, el rítmico golpeteo de las olas contra el muro del puerto y el murmullo constante de una vida que se desarrolla, casi en su totalidad, de cara al exterior.


Con una temperatura media de 18 ºC y más de 3.000 horas de sol al año, la capital alicantina ha modelado su cultura en torno al espacio abierto. Aquí, la música no es un evento confinado a cuatro paredes; es una prolongación natural del paisaje mediterráneo. Desde el eco de una guitarra flamenca en las calles empinadas del barrio de Santa Cruz hasta la potencia de un festival indie en el puerto, Alicante suena a mezcla, a salitre y a una tradición que sabe renovarse sin perder su raíz.



I. El Amanecer: La Acústica de la Calma


Para entender el sonido de Alicante, hay que empezar por el silencio de su mañana. La ciudad despierta con una acústica baja, una «respiración lenta» que tiene su epicentro en la fachada marítima.


La Explanada y el Postiguet


El Paseo de la Explanada, con sus más de seis millones de teselas de mármol que imitan las olas del mar, es el auditorio natural más grande de la ciudad. A primera hora, el sonido predominante es el de las cucharillas de café en las terrazas y el paso de los corredores. Es aquí donde la figura del compositor alicantino Óscar Esplá cobra sentido. Su música, de una claridad mediterránea y luminosa, parece haber sido escrita para acompañar este momento del día. Escuchar sus suites mientras se observa la silueta del Castillo de Santa Bárbara es entender la conexión profunda entre el clima y la creación artística.


Caminando hacia el Paseo de Gómiz, junto a la playa del Postiguet, la música se vuelve líquida. El rumor del agua es el bajo continuo sobre el que se construye el resto del día. En este punto, la ciudad no «explica» su música; la deja aparecer. Es el momento de la conversación a media voz y del despertar de los sentidos.


II. El Mediodía: La Vibración de la Tradición y el Barrio


A medida que el sol sube, la narrativa sonora se desplaza desde la línea horizontal del mar hacia la vibración vertical del Casco Antiguo.


Santa Cruz: El eco de la raíz


El barrio de Santa Cruz, con sus calles estrechas que trepan por la ladera del Benacantil, ofrece una experiencia auditiva distinta. Aquí, el sonido rebota en las fachadas blancas y las macetas. Es el territorio de la «voz desnuda». Aunque Alicante es una ciudad cosmopolita, conserva una relación orgánica con la música de raíz.


No es extraño escuchar los ensayos de un grupo de charangas o los preparativos de un pasacalles. La cultura festiva de Alicante es sonora por definición. Las «despertàs» (el uso festivo de pólvora y bandas al amanecer), las danzas tradicionales en las plazas y las procesiones marineras en honor a la Virgen del Carmen no son folclore de postal, sino la base material de la convivencia.


La guitarra y el nuevo flamenco


En este entorno de piedra y sol, la guitarra flamenca aparece como un elemento natural. Alicante ha sido históricamente un puerto de intercambio cultural, y el flamenco ha encontrado aquí un ecosistema fértil.


En la actualidad, el máximo exponente de esta conexión es el guitarrista Yerai Cortés. Su estilo contemporáneo, pero profundamente respetuoso con la tradición, representa esa Alicante que no se queda estancada: una ciudad que usa la guitarra para contar el presente.



III. La Tarde: La Ciudad Porosa y el Fenómeno del «Tardeo»


En Alicante, la tarde no es el final de la jornada, sino el inicio de una segunda vida. El concepto de «tardeo» —salir de fiesta cuando el sol aún está alto— ha modificado la estructura sonora de la ciudad.


Transiciones atmosféricas


Del café al vermú, y del paseo a la cerveza. La tarde alicantina suena a terrazas llenas. En este punto, la ciudad se vuelve musicalmente «porosa». Junto a las capas del pop español y los ritmos mediterráneos, aparecen influencias latinas e internacionales propias de una ciudad portuaria.


Es aquí donde, casi como un guiño puntual en la cartelera de algún local de la Marina o una plaza del centro, puede aparecer la figura del mariachi. El mariachi es el recordatorio de que el Mediterráneo es, en última instancia, un mar que conecta con el mundo.


El Puerto y el Paseo Volado


La zona del puerto, especialmente hacia el Paseo Volado, se convierte por la tarde en un escenario de sonidos expandidos. La música aquí no busca el aislamiento, sino la mezcla con el viento suave y el rumor de los mástiles de los veleros. Es el lugar ideal para el indie-pop soleado de artistas como Carlos Sadness, cuya estética encaja perfectamente con la luz dorada que baña el puerto antes del anochecer.


IV. La Institucionalidad: El Vigor de los Auditorios


Alicante no depende únicamente del turismo o de la noche espontánea; posee una estructura cultural estable y de altísimo nivel que da profundidad al relato musical de la ciudad.


ADDA: Excelencia acústica


El ADDA (Auditorio de la Diputación de Alicante) se ha consolidado como uno de los centros neurálgicos de la música en España. Su programación de cámara, bandas sinfónicas y ciclos de orquestas internacionales atrae a un público que busca una escucha solemne y separada de la vida cotidiana. Sin embargo, incluso el ADDA se permite licencias mediterráneas, programando festivales de jazz estival y ciclos de guitarra que dialogan con la identidad local.


Teatro Principal y Las Cigarreras


El Teatro Principal es el guardián de la memoria. Su escenario alterna la danza, el teatro y ciclos de música donde el flamenco y el jazz tienen un peso específico. Por otro lado, el Centro Cultural Las Cigarreras, ubicado en una antigua fábrica de tabacos, representa el lado más experimental y joven. En sus naves se escuchan ritmos urbanos, electrónica amable y propuestas de artistas locales que están definiendo el sonido del mañana.



V. La Noche: Salas, Festivales y Neón Suave


Cuando cae la noche, Alicante abre el plano. La ciudad ya no se escucha en un solo canal; se divide entre el ocio nocturno de calidad y la cultura de sala.


El circuito de salas


Para los amantes del directo cercano, la Sala Stereo y la Sala The One son paradas obligatorias. En estos espacios, la música de bandas como Dorian o Love of Lesbian resuena con una intensidad especial, conectando con un público que entiende la noche como una extensión del festivalismo estival. En Sant Joan d’Alacant, la Sala Euterpe ofrece una escala más íntima, ideal para la canción de autor y el rock acústico.


Grandes festivales


Alicante es, por derecho propio, una ciudad de festivales. El Spring Festival, que se celebra coincidiendo con la explosión de la primavera, es el gran hito del indie-pop nacional en la ciudad. Por otro lado, la influencia del Low Festival (aunque radicado en la vecina Benidorm) se siente en toda la provincia, atrayendo a miles de personas que buscan esa combinación de sol y bandas contemporáneas.


No podemos olvidar la importancia de los eventos en el puerto, como el nuevo concepto de El Muelle Live, que aprovecha la infraestructura portuaria para ofrecer conciertos de gran formato bajo las estrellas.


VI. El Mapa Práctico: ¿Dónde escuchar Alicante?


Si estás planeando una ruta sonora por la ciudad, estos son los focos que no puedes perderte:


  1. Casco Antiguo y El Barrio: El lugar para empezar la noche. Terrazas, calles estrechas y una conexión emocional con la fiesta de barrio. Aquí el sonido es ecléctico: desde el pop más actual hasta ecos de rumba.


  2. La Explanada y Marina Deportiva: La banda sonora más abierta. Paseos marítimos con recitales ocasionales y el nuevo polo de ocio en el puerto.


  3. Zona de Auditorios (ADDA y Teatro Principal): Para los momentos de escucha atenta, música clásica, jazz de alto nivel y flamenco de vanguardia.


  4. Playa de San Juan: El refugio veraniego. En la Avenida de Niza, la música se mezcla con el sonido del mar, ideal para cenar con un DJ set de fondo o un directo acústico de pop-rock.



VII. Una Playlist para Vivir la Ciudad


Para que el artículo respire la verdadera esencia de Alicante, se recomienda acompañar la lectura (o el paseo) con esta selección musical:


  • Óscar Esplá – Sonata del Sur: La luz de la mañana hecha música.

  • Yerai Cortés – Cante a pie: El pulso contemporáneo del flamenco alicantino.

  • Paco Candela: Para entender la raíz popular de las sevillanas y los fandangos que aún resuenan en las fiestas locales.

  • Carolina Durante – Las Canciones de Juanita: Para la energía de las salas de conciertos en el centro.

  • Niña Polaca: El toque canalla y madrileño que tanto éxito tiene en los festivales de la Costa Blanca.

  • Dorian – Cualquier otra parte: La banda sonora perfecta para ver las luces del puerto reflejadas en el agua.


VIII. El Calendario Provincial: Habaneras y Voces del Mar


Aunque Alicante ciudad es el corazón, su pulmón musical se extiende por la provincia. Una cita ineludible es el Certamen Internacional de Habaneras y Polifonía de Torrevieja. En julio, las voces corales se funden con el paisaje salinero. La «Noche de Habaneras en la Playa» es quizás uno de los momentos más hermosos de la región, donde la música devuelve a los alicantinos su identidad marinera, recordando los viajes a Cuba y el intercambio cultural atlántico.


Alicante invita a una «escucha exterior». No es una fórmula poética, es una realidad física apoyada por su urbanismo y su clima. Es una ciudad donde escuchar no significa aislarse del paisaje, sino integrarse en él. La música en Alicante entra por mezcla: olas, voces, el chocar de los vasos, el viento en las palmeras y el escenario a pie de calle.


Ya sea a través de la solemnidad de un concierto en el ADDA, el ritmo frenético de un festival en el muelle o el sutil eco de mariachis en la distancia, Alicante demuestra que su manera de vivir el tiempo libre está modelada por el sonido. Es una ciudad que no solo sabe recibir al visitante con luz, sino que lo despide con una melodía que se queda grabada en el oído, como el rumor de una caracola que insiste en recordarnos que, aquí, el mar siempre tiene la última palabra.

 
 
 

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